Lucas Belfiore, diseñador gráfico, y Liza Gutierrez, realizadora de Artes Visuales, dan un taller de diseño gráfico en el Centro Universitar...

Diseñar la historia

Lucas Belfiore, diseñador gráfico, y Liza Gutierrez, realizadora de Artes Visuales, dan un taller de diseño gráfico en el Centro Universitario Devoto (CUD) que va más allá de la expresión artística. Desde fanzines hasta poesía caligráfica, ambxs tienen clara su tarea: enseñar desde la producción colectiva.


Por Natalia Sivina



“Una cosa es lo que se ve de afuera y otra cosa es lo que ocurre hacia adentro, ¿no?” dice Lucas Belfiore, diseñador gráfico, mientras revuelve un cortado al que le acaba de tirar un sobre de azúcar. Sobre la mesa de plástico hay, además, dos facturas y media, una lágrima en jarrito, un vaso y una botella de Coca-cola. La esquina, que funciona como almacén y parrilla, está en frente de la cárcel de Villa Devoto.


Todos los jueves desde 2014, Lucas da un taller de diseño gráfico en el Centro Universitario Devoto (CUD), que se centra en la producción de fanzines y afiches. El proyecto lo había iniciado dos años antes Coco Cerrella, también diseñador gráfico. “Con toda la experiencia de la cárcel yo flashee mal, ¿viste? Me pareció excelente, entonces le escribí, le empecé a romper las bolas a Coco y vio que yo tenía interés. Nos tomamos un café, se ve que de alguna forma lo convencí, y bueno, empezamos a dar clases juntos”. 


Este año se sumó Liza Gutierrez, realizadora de Artes Visuales. Todos los cuatrimestres cambian el programa del taller para estar siempre experimentando. “Las propuestas que llevamos son como una excusa para que haya disparadores. Pensamos un hilo conductor, pero que luego salga de los pibes. La idea, la temática, las características y los ejercicios de poesía salen de ellos, para que puedan contar algo y que su voz pueda ser escuchada y difundida también por fuera”. Mientras se sirve Coca-cola, Liza sube la voz para hacerse escuchar por encima del tránsito feroz de Bermúdez.


Aquel jueves, habían dado una clase a partir de la siguiente consigna: crear un collage de un monstruo, luego escribir una poesía y por último practicar caligrafía, combinando las tres instancias en una única pieza. “A esas criaturas se les dio un nombre y un sentido. En algunos casos fueron sentidos negativos, representando determinados vicios de la política”, cuenta Lucas. En otros, fueron sentidos negativos y además personales, continúa Liza: “Lo tomaron como si el monstruo fuera una representación de ellos. Pusieron ‘Somos monstruos’, como que arruinaron a la familia equivocándose. Hay una visión propia de mucha desvalorización y de mucho juzgamiento por estar donde están”.


La tapa (izquierda) y algunos afiches del último fanzine de este año


Pero también surgieron otras representaciones: “Hablaban de cómo se les leía a ellos en su estado de presos”. Ambxs critican a la gran masa de discursos que circulan puertas afuera. “Para crear ficción, que la creen ellos”, dice Lucas. Liza asiente mientras lo mira, y suma: “Está toda esa violencia que genera morbo, que a la clase media le encanta consumir sentada frente a la tele. Y después, cuando les decís que es una mierda, mucha gente dice: ‘bueno, pero hay que mostrar esas realidades’. No sé, ¿cuántas veces estuviste en un penal? Yo nunca estuve adentro de un pabellón, no tengo idea. ¿Pasa eso realmente? ¿Todo es tan violento y tan de mierda?”. No siempre lo que se muestra se denuncia. Casi todo lo que circula en los medios, aquello que es más consumido, realiza una sola operación: contar una historia a través de estereotipos. “Muestran la violencia de las personas que están detenidas, pero ¿cuándo muestran la violencia del sistema penitenciario sobre esas personas? Los protagonistas en esos productos son siempre los presos siendo violentos, y no sé, pasan muchas cosas”.


A Lucas y a Liza les gustan los pliegues, las vueltas. “Acá es mucho papel, papel, papel”. Lucas busca algo en su mochila, con la ayuda de Liza: “Uy, ¿qué tenés acá? Está re pesada”. Tienen una mirada cómplice. Si alguien los viera al pasar, pensaría que, hagan lo que hagan, lo comparten con pasión. Finalmente, sacan una pila de trabajos, de ese jueves y de otros. Los despliegan sobre la mesa: recortes de todo tipo forman varios afiches de algún monstruo. Luego van a unirse todos en una sola pieza, un fanzine colectivo. “Aunque sea importante cada subjetividad, lo colectivo tiene mucha más potencia”, dice Liza mientras acomoda uno de los afiches. 


El taller funciona como algo más que un espacio de aprendizaje: “Lo importante en realidad es más la sinestesia, esa que ocurre ahí. Después de la clase, nos quedamos una o dos horas más jodiendo ahí en los pasillos y las charlas que surgen son todo, son todo. En realidad, en realidad, vamos a hablar. Vamos a escucharlos, y mucho no tenemos para decirles porque sus problemas están en otro nivel de problemas: son familiares, o con abogados. Ya de movida están presos”, dice Lucas mientras mira el mural que está pintado en la pared externa de la cárcel. “El miedo puede medirse por las resistencias que provoca”, se lee. 


Muchos de quienes están privados de su libertad no tienen condena. Esperan a veces hasta tres años por su juicio. Pero que nadie se confunda: “Para el caso son estudiantes. Yo no vengo acá a juzgar qué carajo hicieron, sino a tratar de transmitir algún conocimiento de diseño gráfico, y que lo más lindo que se puedan llevar es que surjan relaciones, vínculos copados para generar proyectos el día de mañana”, dice Lucas.


Sobre la mesa queda una sola factura. Tanto Liza como Lucas están relajadxs sobre sus sillas. El viento lxs refresca del calor, y también airea las ideas. “Estos espacios son los que nos gustan. La educación no formal, en espacios diferentes a lo que es una escuela tradicional. No siempre sucede lo que une propone, y está bueno darle lugar a esa espontaneidad. Todo lo que pasa ahí adentro es lo que realmente es: el verdadero propósito de la actividad”. Por el viento, no sabemos quién de lxs dos pronunció esas palabras. Pero es indistinto. Más adelante van a encontrarse con ex estudiantes que crearon su proyecto gráfico o editorial, o que expusieron sus afiches en distintos museos, al lado de piezas de diseño de la historia argentina, porque ¿qué cosa representa más la historia que otra? Al salir, van a tomar una cerveza y comer una pizza. A la semana siguiente, el taller continúa.


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