Este miércoles 24 de enero fue el primer paro general contra el gobierno de Javier Milei. La CGT, la CTA y trabajadores y estudiantes autoco...

La calle es de los trabajadores

Este miércoles 24 de enero fue el primer paro general contra el gobierno de Javier Milei. La CGT, la CTA y trabajadores y estudiantes autoconvocados se manifestaron contra el DNU y la Ley Ómnibus. El historial represivo de Patricia Bullrich amenaza el derecho de protesta y su validado accionar en este gobierno genera una incertidumbre tensa.

Por Natalia Rótolo



A las 9.30 el tren directo en vacaciones no se llena, pero este 24 de enero hay un bullicio particular en la plataforma. Las puertas se abren y todos los asientos se llenan. En la segunda fila, al lado de la ventana, viaja un señor canoso con una remera de Argentina.

-Encendedores, encendedores. Aproveche, señor, señora ¡Siempre son necesarios! - ofrece una mujer de sesenta años con tez tostada.

Recorre con la mirada los asientos y enfoca al señor canoso.

- ¿Qué haces, Juan?

- Acá, yendo a la marcha -exhala preocupado el hombre de sesenta y cinco años con el ceño fruncido. A su lado, lleva un cartel circular con un palo alto, protegido por una bolsa negra. En su remera, como una cuarta estrella lleva un pin de YPF y en su regazo una bolsa con el pañuelo de las Madres ilustrado.

- Que Milei arda en el Infierno - conjura la vendedora ambulante saludando con un apretón.

Milei no arde todavía, pero en Avenida de Mayo muñecos de goma espuma con su cara reciben el látigo de un sol picante. Se mueven entre la gente y las columnas. Banderas hay muchas: las clásicas de las infaltables organizaciones y pequeños grupos de resistencia artística, armados luego de la presentación de la ley ómnibus. En medio de la Plaza de los dos Congresos, dos personas elevan una bandera: “Arte Popular Resiste”.

En Avenida de Mayo y Santiago del Estero siete personas despliegan la bandera “Grupo de Poesía para la Resistencia”, sonríen y se sacan una foto. Al lado de este variopinto grupo, sentado sobre la ventana de un Starbucks, descansa un hombre de 40 años, blanco y flaco con lentes negros. No sonríe, pero son pocos quienes lo hacen. La mayoría está con una expresión seria, sombría, mirando intermitentemente las calles en búsqueda de señales de una corrida o la aparición de la policía. Algunas personas agregan a su recorrido ocular los balcones y ventanas de los edificios, desde donde policías de civil lanzaban gas pimienta en los operativos de 2018 y 2019.

Un hombre de remera azul petróleo dobla la esquina con rapidez, se agacha a mitad de la calle y prende una bomba de estruendo. La Federación de Trabajadores del Complejo Industrial Oleaginoso, Desmotadores de Algodón y Afines de la República Argentina dobla con ímpetu por Santiago del Estero para reagruparse. Dos son los encargados de llevar las dos cajas de petardos, este otro de prenderlos y cuatro de mantener un ritmo con los instrumentos. Los compañeros bailan y bromean entre sí. De repente, la música cambia a “No nos han vencido”. Dos amigas de rulos con prendas muy delicadas agitan cantando desde la esquina. Después de cantar “A pesar de las bombas, de los fusilamientos”, una de ellas chilla entre risas:

- Los gorilas nunca van a tener esta mística.

El hombre de los anteojos negros es el único que tiene un temple de profundo desagrado y el único que ni cantó ni se movió al ritmo del gremio de los aceiteros. Tiene un corte extraño: muy informal para ser sargento u oficinista y muy serio para ser rockero. Llama con un gesto a una señora que cantó.

- ¿Tenés idea cuándo va a terminar esto? ¿A qué hora hablan? - con el agobio particular de quien quiere terminar una larga jornada laboral.

Por la dirección contraria, tratando de entrar a Avenida de Mayo por Santiago del Estero, entra una columna verde, que cubre de vereda a vereda. En un abrir y cerrar de ojos, el hombre de lentes ya no está. Levantó su pesada mochila y se dirigió a perderse en la columna.

El sonido de la marcha está teñido de garrón. Incluso en las arengas, hay una gran dosis de tristeza. Tampoco es una marcha visual: hay carteles, pero son pocos. La idea es pasar desapercibido, poder mezclarse en una multitud con rapidez “si algo pasa”. Todas las personas tienen puestas zapatillas, bien atadas. Se canta con las rodillas flexionadas, esperando la largada.

Un joven de treinta años camina solo con su bicicleta y una remera blanca, de algodón caluroso, que implora “Yo no lo voté”. En el canasto colgó un cartel con “precios de resistencia”. Sus ojos no tienen brillo. Con párpados caídos, mira como quien siente su futuro arrebatado.

La larga columna de ATE (Asociación de Trabajadores del Estado) llena de verde Avenida de Mayo. Entre la sombra de los árboles viejos y la resolana, la cúspide del Congreso de la Nación y las pecheras parecen unirse. Tres trabajadores miran hacia el Parlamento con tenacidad. Caminan en un abrazo firme. Delante de ellos: cuadras repletas, la bandera flameando alta en el mástil y el Congreso. La gente le reclama que se la juegue y se tiña de pueblo.

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