El mundial de fútbol en Oceanía 2023 nos deja ver las grandes diferencias entre los seleccionados de un mismo país. La cancha está inclinada...

Parar la pelota para gritar por derechos

El mundial de fútbol en Oceanía 2023 nos deja ver las grandes diferencias entre los seleccionados de un mismo país. La cancha está inclinada y el fútbol femenino es devaluado económica y simbólicamente. En cada partido se jugó contra el desequilibrio estructural: salarios, reconocimiento, acoso laboral y sexual.

Por Oriana Casais y Natalia Rótolo

Jugadoras de diferentes seleccionados. Foto: BBC

Este 2023 jugamos otro mundial, pero las calles no tenían el clima del año pasado. La gente en la calle no gritaba repentinamente “Quiero ganar la primera, quiero ser campeona mundial”. El mundial de fútbol Australia-Nueva Zelanda 2023 se licuó en un vago (y políticamente cargado) “mundial femenino”.

Aún así, un jueves a la noche se rompía el récord al partido más visto en la historia de la Selección femenina en la Televisión Pública. Con 12,3 puntos de rating sólo en el AMBA, el partido Argentina-Sudáfrica marca un gran antecedente en la historia del fútbol nacional. Las mujeres comienzan a pisar más fuerte en un espacio históricamente ocupado por hombres. El fútbol femenino, en realidad, existe desde hace mucho tiempo, pero el silencio ocupaba la mitad de la cancha. Lo no-dicho siempre trae un olvido, en este caso político, contra el que se lucha.

Las seguidoras más fieles han memorizado una lista interminable de datos precisos para pelear contra la pluma machista de la historia. Ser fanáticas de este deporte, más allá de la división sexual, requería probar la pasión y rendir pruebas de conocimiento a los fanáticos socialmente aceptados, los varones. Pobre de nuestra inocencia, ahí también estaba la trampa. Por más esfuerzo dedicado a almacenar todo el árbol genealógico del árbitro que robó ese penal en 1975, nunca alcanzaba. No había una cantidad de respuestas correctas que pudieran saciar a tus compañeros. 

Hay una falsa ilusión de que el planteo quedó viejo. Quienes piensan eso arguyen que ahora es “común” vernos alentar en la cancha, que ya hay periodistas deportivas, relatoras y jugadoras, y que se rompen récords de audiencia con la selección femenina. Este mundial fue la primera vez que las jugadoras de la selección recibieron un sueldo. Basta con imaginar que a Messi o a Di María no les pagaran por representarnos como para sentir la gran injusticia. Que las jugadoras cobren es inédito, es noticia.

Sin embargo, este tipo de ninguneo es mundial: en la premiación del club Manchester United (Reino Unido), el presentador le dijo en tono de chiste a la futbolista profesional Alessia Russo que “no le iba a dar el premio porque era muy pesado”.

Este año la ex-jugadora de la selección femenina de Suecia, Nilla Fischer, denunció que en 2011 la FIFA obligó a que se compruebe que las jugadoras de todas las selecciones eran efectivamente mujeres. El organismo aludió que había varones jugando en la selección de Guinea Ecuatorial. Mats Börjesson, médico de la selección sueca en ese entonces, confirmó lo que estaba denunciando Fischer, pero agregó que el pedido no fue con “mala intención”.

Ningún equipo se pudo oponer a este exámen abusivo y biologicista por miedo a terminar descalificadas y perder ciertas garantías laborales y la tan arañada profesionalización. Después de doce años es que conocemos este hecho. Si ahora se siente la libertad para decirlo es porque el contexto brinda contención y hay toda una lucha constante detrás.

Cuando lentamente las selecciones aumentan de nivel, la FIFA decide chequear genitales. ¿Será que no se imaginan que las mujeres pueden jugar bien al fútbol, aunque le tengan que poner mucho más pulmón para tener derechos básicos?

En el partido final del mundial 2023, el seleccionado español festejaba mientras les entregaban las medallas de campeonas. En ese momento, el presidente de la Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales, le dió un beso sin consentimiento a Jenni Hermoso, la máxima goleadora del país. Cuando la soltó, le tocó la cola. Lo que para nosotras es asquerosamente repudiable, para él es un “asesinato social”.

Una semana después, Rubiales se niega a disculparse y dimitir, pero todo el seleccionado femenino renunció hasta que esto suceda en un acto de pura sororidad. Además, un futbolista de la selección masculina, Borja Iglesias, repudió el hecho y también se sumó a la medida de fuerza.

Conquistar y mantener los espacios que siempre se nos han negado es una tarea ardua y todavía muy larga, pero nos tenemos entre nosotras y cada vez nuestra voz empieza a resonar, achicando las injusticias y acallando a los que pensaban (y nos hicieron creer) que no éramos capaces de muchas cosas: de llenar un estadio, de jugar profesionalmente, de hablar y decir nuestra verdad.

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