Una tarde de principios de año nuestra cronista observó el sur de la Ciudad de Buenos Aires. Constitución es un barrio bajo con destellos de zona alta. Centro-periferia, la universidad y la calle, la tranquilidad y la vorágine.
Por Natalia Sivina
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| Fotografía: Martina Espinosa Wahnish |
En el cruce de Avenida Independencia y de Avenida 9 de Julio, parte del límite norte del barrio Constitución, hay miles de papelitos blancos con letras negras que reclaman mejoras salariales. La Federación de Trabajadores de Industrias de la Alimentación pisa la avenida testigo de más manifestaciones que los documentos de historia. Su huella va calando por los canales secundarios, entra en los locales de comida al paso, en los hoteles familiares de Carlos Calvo, queda pegada en el zapato de un oficinista, se engancha en la rueda de un carrito de compras, se pega en los parabrisas de los autos.
Una chica intenta leer uno de esos papelitos mientras cruza la anchura de la 9 de Julio, pues sus ojos encuentran uno a cada paso que da. Quiere leerlos pero está apurada por llegar a la Facultad de Ciencias Sociales y sólo el semáforo en verde la obliga a detenerse y tomar uno de los tantos volantes blancos. Quiere saber qué o quién hizo notar su paso dejando una capa blanca interminable. Tres semáforos adelante, esperando cruzar Avenida Independencia, otros dos chicos pisan los papelitos como alfombras. En un café, se escucha decir a uno de los mozos que no hay un día sin manifestación.
Al bajar del colectivo 84 sobre Combate de los Pozos y Carlos Calvo, se está a una cuadra del límite oeste del barrio. Aún es terreno sancristobalense y los papelitos blancos no se dejan ver. El recorrido por Carlos Calvo hasta Avenida Entre Ríos hace de introducción a un “barrio problemático”, como se escucha decir en otra parte a una estudiante que sale de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). La bicisenda que acompaña la calle se extiende hasta la 9 de Julio, y solo el tramo que llega al cruce con Virrey Cevallos fue remarcado con esa pintura amarilla brillante. Lo que sigue, está olvidado.
Por Carlos Calvo únicamente pasa gente que conoce el barrio, que habita de alguna forma sus espacios: una facultad, un departamento, un comercio, un bar típico. En vez de tener papelitos, la calle está llena de hojas de árboles casi del mismo color de esa pintura brillante. Ellas, producto de la naturaleza, también indican el paso del tiempo, de una manifestación natural. Sin embargo, en los dos kilómetros cuadrados de la superficie barrial hay menos hojas que basura: botellas de vidrio y de plástico olvidadas, ropa, comida, envoltorios. Todo eso, en otro estado, está disperso en ambas Facultades: las botellas, en las heladeras de kioscos y mochilas de estudiantes; la ropa sobre cuerpos andantes; los envoltorios alrededor de la comida.
La marcha de Constitución expulsa y absorbe. Mareas de estudiantes salen del subte y van a las Facultades. Salen de las Facultades y van al subte. A lo lejos, se escucha una queja por la inseguridad del barrio, porque tiene gente muy distinta que “pide” e impide descansar. Pero para muchos la plaza es un refugio, un descanso del movimiento incesante de sus pies luego de años de trabajo en alguna fábrica o de horas de estar marchando en reclamo de un aumento salarial como justa remuneración.
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| Fotografía: Martina Espinosa Wahnish |


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