En medio de Constitución, escucho un “¡Hola! Tanto tiempo…”. Y me volteo. Y recuerdo.
Recuerdo la película Víctor de Aveyron y a Vigotsky; Atomic Cafe, Bert la tortuga y la Teoría de la Aguja hipodérmica; Shallow grave, la colorimetría y el fuera de campo. Mi primer corto y los festivales a los que lo mandé.
Recuerdo las discusiones sobre el cuerpo, la sexualidad, la Teoría de la performatividad del género de Butler; la visita a la Ex ESMA y la muestra de arte de conchas de neón; el proyecto final de 5to sobre la Ley de Talles; y que todo eso fue ESI. Que tuve ESI.
También recuerdo el “hijos del rigor”.
Después de años, en un segundo, recuerdo todo lo que esa persona me enseñó y toda la ayuda que me dio. Sonrío y respondo “Hola, profe”.
(Lourdes A.)
Vero no daba vueltas. Enseñaba cualquier tema con facilidad, y no tenía tapujos al momento de responder preguntas incómodas. Se puso sobre los hombros la enorme tarea -entonces en ese momento- de explicarnos el universo de la educación sexual integral en el Taller de Convivencia y Sexualidad, viernes de por medio durante sexto y séptimo grado. Antes había sido nuestra maestra de plástica, y también nos enseñaba matemáticas. Claramente había elegido formarse en muchos campos. Lo más importante fue que no solo nos hizo conocer y respetar al otrx, sino por sobre todo a nosotrxs mismxs. A conocer cómo funcionaba nuestro cuerpo y cuáles eran nuestras inquietudes e intereses, a reflexionar sobre temas importantísimos -desde los trastornos alimenticios hasta saber cómo decir "no"- y a pensarnos como seres independientes.
Si me preguntan qué hace a una gran maestra, yo digo: Vero.
(Natalia S.)
Creo que detrás de unx buenx docente hay siempre una buena persona: el amor por la enseñanza no es más que un amor dirigido hacia el Otro y que rebota hacia unx: vocación. A Mónica no le faltaba eso. Cuando yo tenía siete años, todas las mañanas mi papá me llevaba en bicicleta al colegio; en invierno me abrigaba con un poncho. Mónica, mi maestra de grado, vió esa escena diaria. En el aula me habló sobre ello: “¿Tu papá te trae siempre en bici?”, le dije que sí. Se ofreció a pasarme a buscar ella misma en su coche, junto a sus hijos que también iban al San Pío X. Me pidió el cuaderno de comunicados y redactó la nota para mis padres. Sin conocer mi historia y la situación familiar por la que pasábamos, Mónica estuvo ahí. Con su auto bordó pasaba por casa, tocaba bocina e íbamos a la escuela.
(Ernesto P.)
Siempre que me encuentro al Pelado sonrío y le grito “¡¡Ey!!”. Comienza un ir y venir de preguntas: que cómo andan tus hijas, que cómo va la facu y qué estás viendo, cómo está todo en la escuela… El Pelado tenía dos materias del último año, así que era el profe al que más veíamos. En una hora colgada, que tácitamente todes sabíamos que era de relleno, Ezequiel Díaz hacía magia: nos leía sobre imperialismo, los poemas de los militantes de nuestra edad desaparecides en la dictadura militar y hablaba con cada une. Para mitad de año, el profe nos conocía a todes y todes lo conocíamos a él: la lesión que le impidió ser futbolista y lo llevó para el campo de la Comunicación Social, cómo aprendió a comer aceitunas y su amor con su compañera, sus autores favoritos…
Aunque lo haya “traicionado” eligiendo la UBA por sobre la Universidad de La Plata, el Pelado es mi referente. Su taller era mucho más que teoría-práctica: incluso les compañeres más tímidos, les que hablaban sistemáticamente en susurros y les que decían que no tenían nada interesante para contar, escribieron algo y lo pudieron leer. El Pelado, que me hizo amar a Jorge Huergo, hacía magia: valoraba y habilitaba la palabra.
(Natalia R.)
Enseñarle física a un grupo de 42 adolescentes podría ser intimidante para cualquiera. Si lo era para Natalí, no lo demostraba. Recuerdo las primeras clases pensar "uh, esta es una jodida". Su presencia era de las pocas que lograba una escucha atenta. Había algo en su forma desafiante de dar clases que nos convocaba. Ese cuarto año fue difícil. Muchxs docentes renegaban del curso y todo el tiempo se nos recordaba que “éramos insoportables”. Natalí no se quedó conforme con esa postura de resignación. Para enseñarnos la Ley de Ohm, o las fuerzas que actúan sobre los objetos, primero le daba espacio a nuestras vivencias. Siempre el principio de la clase era charlado: sobre el fin de semana, las otras materias, las preocupaciones. Después, venían las fórmulas. "Empecemos por partes, como decía Jack el destripador", recuerdo que nos decía sonriente. Con insistencia nos explicaba y buscaba involucrarnos para que entendiéramos. En definitiva, como otres grandes profes que tuve, entendía la importancia de lo humano por sobre todo, y veía en esos espacios de intercambio una instancia más de aprendizaje.
(Candela C. S.)
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