El activismo de la artista GraRavera pasa por mejorar su comunidad y por contar historias. Las tenebrosas vivencias de la última dictadura militar recorren sus obras. Frente al negacionismo y los discursos apologéticos, Graciela hace un acto de memoria con su propia vida.
Natalia Rótolo
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Toda su vida se sintió cercana a la política. Antes del golpe era afín al Partido Comunista, aunque su familia era de tradición peronista. Tenía interés por militar, pero era consciente de que algo pasaba. Duda si sucedió en el 76 o el 77, pero recuerda una noche hablando con sus compañeros sobre por qué un amigo que vivía en el interior de la provincia no estaba en La Plata. “¿Alguien sabe dónde está Jorge?” “No sé, no volvió” “¿Sabés por qué?” “No. Sé que milita”.
Dentro de la oscuridad, resultaba claro que si tenías ideas de izquierda, te iban a desaparecer. “Mucho después me enteré que los militares también habían perseguido a la comunidad queer. Siempre habían sido acalladas nuestras vivencias y sentires. La historia de mi homosexualidad se entremezcla con la dictadura”, cuenta Graciela. Desde una ciudad periférica, no encontró facilmente un grupo que le mostrara que eran muchas como ella.
La dictadura atacó todo lo diverso en lo ideológico y en la sexualidad, pero tenía fundamentalmente un plan económico. El temor, el desempleo de su padre y la imposibilidad de bancar su carrera sola, hicieron que Graciela tuviera que dejar la facultad. Su emprendimiento de artesanías en cuero no prosperaba en un mercado dolarizado y de libre importación.
En 1978 empezó el profesorado de fisicoquímica más cerca de su casa, en el Instituto Superior de Formación Docente y Técnica N°24 de Quilmes. Ahí conoció a Cecilia Dell’Orto. Hay un antes y un después del día que su amiga le contó que la hermana estaba desaparecida desde noviembre de 1976.
Patricia Dell’Orto y su compañero, Ambrosio De Marco, habían tenido una bebé un mes antes de ser secuestrades. La familia investigó sin poder encontrar nada. Incluso después del retorno democrático, el pacto de silencio militar y eclesiástico no cedió. Recién en 1991 un compañero de la pareja, Jorge Pastor Asuaje, visitó a la familia con una información precisa: un ex-detenido-desaparecido había visto a sus padres en cautiverio y había presenciado su fusilamiento. Era Jorge Julio López. En 1999 declaró en Tribunales contra Miguel Osvaldo Etchecolatz.
Tras la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, se reabren los juicios y Julio López vuelve a declarar contra el genocida, sumando detalles sobre el destino de Patricia Dell’Orto. En la segunda audiencia, el 18 de septiembre de 2006, el albañil y militante vuelve a desaparecer, esta vez, en democracia. El cuerpo y el resto de los detalles de la desaparición de Patricia siguen ocultos, igual que Julio López.
En 2021, Graciela empezó a escribir una obra de teatro sobre el fusilamiento de Patricia. El proceso creativo quedó trunco, pero, en este momento, se encuentra adaptando al teatro un cuento de una autora cordobesa sobre abuso sexual. “Parece que siempre abordo temas bastante pesados. La actual también me compromete emocionalmente, pero no es comparable con la de Patricia. Ahora la veo tan necesaria que siento que debo continuarla”, considera Graciela.
A fines de los 90, mientras vivía en el sur argentino, fundó el elenco “La catarsis rionegrina” con el que descubrió el poder para conmover y significar del teatro y su gusto por él. Sin embargo, considera que su principal lugar de activismo fue el aula y el sindicato docente. Para ella, militar es construir desde el lugar de cada une, en lo micro, para lograr el bien común.
Tras su jubilación, empezó a hacer cursos de dramaturgia y de escritura. Durante la pandemia mandó por primera vez un guión teatral a la convocatoria de Teatro x la Identidad y ganó en la segunda etapa de 2020. Presentó el monólogo “Elvis, mi amor” en la categoría de sexualidad, que trata sobre el despertar del deseo femenino en tiempos de absoluta represión y silencio, hablando desde un presente más libre.
En sus obras hay una pregunta constante por la identidad y la memoria sobre la dictadura. "Cada persona tiene una tendencia natural, algo que te ha impactado en tu vida y te quedas ahí, enganchada con eso. También hay algo de época: haber nacido en el 55 y tener 21 en el 76 no te deja tranquila. Siempre te hace ruido lo social, no te hace indiferente frente al devenir del mundo", reflexiona Graciela.
Con fluctuaciones de intensidad, la militancia práctica y simbólica es una continuidad en su vida. Actualmente, milita en el Frente Tay Pichín de San Marcos Sierras, Córdoba, donde vive. El Frente busca hacer una política soberana con perspectiva ambientalista y originaria en el pueblo: basados en el buen vivir se comunican con los vecinos y tratan de activar formas de encarar los deseos, las necesidades y problemas de la comunidad. Graciela es una de las coordinadoras del proyecto de turismo social.
Desde suelo cordobés, se le agita la sangre con los discursos negacionistas y con les defensores de genocidas como Etchecolatz. “Estoy desvastada por las noticias y los comentarios de la gente, incluso en este pueblito donde ganó Grabois. Estoy muy asustada. En San Marcos Sierras le fue muy mal a La Libertad Avanza, pero le fue. Hay gente con ese pensamiento. ¿Dónde se están moviendo esos discursos? ¿Quién se mueve en las tinieblas? ¿Quién hace posible que llegue?”, se pregunta. Con emoción dice: “En este tiempo se vuelve imprescindible volver a pensar en los 30.400 y volver a recordarles (y recordarnos) que hemos dicho y prometido que nunca más”.

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