El primer mes y medio del gobierno Milei-Villarruel define el tono de esta gestión, con los protagonismos de Caputo, Bullrich y Sturzenegger...

El primer mes y medio del gobierno Milei-Villarruel define el tono de esta gestión, con los protagonismos de Caputo, Bullrich y Sturzenegger. La “casta” se redefine en los hechos: a los trabajadores, represión y licuación del salario. El Estado también precarizado.

Por Ernesto Palmeiro

Un mes del gobierno de Milei. En el medio, una eternidad: devaluación del más del 100%, un mega Decreto de Necesidad y Urgencia y una Ley Ómnibus que fue desguazada excepto el otorgamiento de facultades extraordinarias al Ejecutivo. La Libertad avanza y se lleva puesto a los mismos de siempre: lxs trabajadores.  La retórica del sinceramiento de la economía como forma de legitimar la transferencia de recursos a sectores minoritarios pero poderosos. Todo sube, menos los salarios.

A 45 días de su gobierno, la sociedad le hizo el primer paro general. Sí, debería haberse hecho antes, mucho antes, desde que algunos funcionarios empezaban a no funcionar y el crecimiento se lo quedaban cuatro vivos. Quizás con ello ni estaríamos hablando de Javier Milei y del regreso de unos de los responsables del préstamo criminal con el Fondo Monetario Internacional (FMI): el genio de las finanzas, Luis “Toto” Caputo. 

¿Faltaron paros con Alberto Fernández? Puede ser.  Pero nadie, sea de izquierda, centro o derecha, puede negar las inumerables advertencias que recibió el ex mandatario y su gabinete de que había que corregir el rumbo. Algunos preferirán decir que los propios fuimos más duros con “nuestro” gobierno que los extraños. Aún con una distribución desigual de la riqueza en el marco de un reacuerdo (inflacionario) con el FMI,  nunca se vieron trastocados derechos y garantías de la forma en que lo hizo y lo hace la actual gestión de la alianza PRO-Libertaria. 

En el año 2021, se registró un récord en el número de protestas con 6.658 piquetes, de acuerdo a un informe de Diagnóstico Político al que accedió el diario La Nación: 1550 por parte de organizaciones sociales, 842 de trabajadores privados, 811 reclamos de fuerzas político partidarias y 784  por parte de trabajadores estatales. Todos los sectores pudieron ejercer el derecho a la protesta, incluso cuando regía el aislamiento social pese a la pandemia del COVID-19. 

Es contrafáctico pensar qué hubiera pasado si en un contexto de emergencia sanitaria, el gobierno de Alberto Fernández desplegaba efectivos policiales  ante los “banderazos” que organizaba la entonces oposición. Aquellas manifestaciones que se alzaban con la consigna de “defensa de la libertad” fueron encabezados por la actual ministra de seguridad Patricia Bullrich. Esta misma desde el gobierno de Milei quiso prohibir la reunión de tres personas o más en la vía pública. El texto final de la Ley Ómnibus lo eleva a treinta. En el interín de estas modificaciones, la Organización de Naciones Unidas (ONU)  denunció que el protocolo antipiquete viola las normas internacionales y pidió que se revise.

Así, en estos 45 días la Justicia emitió una serie de medidas cautelares que suspenden, parcialmente, los efectos de la aplicación del DNU. Entre las presentaciones realizadas, destacan aquellas llevadas a cabo por la Confederación General del Trabajo (CGT) y la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA), siendo algunas de las primeras en lograr que se revoque el capítulo correspondiente a la reforma laboral. Recientemente, también suspendió el artículo que derogaba la restricción de vender tierras a extranjeros. 

El ajuste feroz no sería posible sin una retórica que lo justifique. Expresiones  como  “No hay plata”, “Pagabamos muy poco”, “Vivíamos una mentira”, “Las fiestas hay que pagarlas”, son operadores discursivos que delinean un sentido común sobre el cual parece, a priori, necesario y urgente  “el ajuste”. No importa qué es verdad y qué es mentira, el relato de “cien años de decadencia y fracasos” otorga a Javier Milei un aura mesiánica. Una narrativa “disruptiva” sobre el devenir político e histórico, donde el horizonte  de vida  se define por el imperativo del  “progreso”.

Mediante negociaciones a contrarreloj con los opositores “dialoguistas”,  el Gobierno busca sesionar el día miércoles, reduciendo los artículos de la Ley Ómnibus casi a la mitad. Borradores y más borradores. Eliminación del capítulo fiscal, cuyos puntos claves eran  el cambio de la  fórmula de movilidad jubilatoria y la vuelta del Impuesto a las Ganancias,  quita de  YPF (Yacimiento Petrolíferos Fiscales), ARSAT, Nucleoeléctrica y  Banco Nación del listado de 41 empresas a privatizar. Pero el Ejecutivo insiste con el otorgamiento de facultades extraordinarias. La esencia desreguladora sigue en pie.




Este miércoles 24 de enero fue el primer paro general contra el gobierno de Javier Milei. La CGT, la CTA y trabajadores y estudiantes autoco...

Este miércoles 24 de enero fue el primer paro general contra el gobierno de Javier Milei. La CGT, la CTA y trabajadores y estudiantes autoconvocados se manifestaron contra el DNU y la Ley Ómnibus. El historial represivo de Patricia Bullrich amenaza el derecho de protesta y su validado accionar en este gobierno genera una incertidumbre tensa.

Por Natalia Rótolo



A las 9.30 el tren directo en vacaciones no se llena, pero este 24 de enero hay un bullicio particular en la plataforma. Las puertas se abren y todos los asientos se llenan. En la segunda fila, al lado de la ventana, viaja un señor canoso con una remera de Argentina.

-Encendedores, encendedores. Aproveche, señor, señora ¡Siempre son necesarios! - ofrece una mujer de sesenta años con tez tostada.

Recorre con la mirada los asientos y enfoca al señor canoso.

- ¿Qué haces, Juan?

- Acá, yendo a la marcha -exhala preocupado el hombre de sesenta y cinco años con el ceño fruncido. A su lado, lleva un cartel circular con un palo alto, protegido por una bolsa negra. En su remera, como una cuarta estrella lleva un pin de YPF y en su regazo una bolsa con el pañuelo de las Madres ilustrado.

- Que Milei arda en el Infierno - conjura la vendedora ambulante saludando con un apretón.

Milei no arde todavía, pero en Avenida de Mayo muñecos de goma espuma con su cara reciben el látigo de un sol picante. Se mueven entre la gente y las columnas. Banderas hay muchas: las clásicas de las infaltables organizaciones y pequeños grupos de resistencia artística, armados luego de la presentación de la ley ómnibus. En medio de la Plaza de los dos Congresos, dos personas elevan una bandera: “Arte Popular Resiste”.

En Avenida de Mayo y Santiago del Estero siete personas despliegan la bandera “Grupo de Poesía para la Resistencia”, sonríen y se sacan una foto. Al lado de este variopinto grupo, sentado sobre la ventana de un Starbucks, descansa un hombre de 40 años, blanco y flaco con lentes negros. No sonríe, pero son pocos quienes lo hacen. La mayoría está con una expresión seria, sombría, mirando intermitentemente las calles en búsqueda de señales de una corrida o la aparición de la policía. Algunas personas agregan a su recorrido ocular los balcones y ventanas de los edificios, desde donde policías de civil lanzaban gas pimienta en los operativos de 2018 y 2019.

Un hombre de remera azul petróleo dobla la esquina con rapidez, se agacha a mitad de la calle y prende una bomba de estruendo. La Federación de Trabajadores del Complejo Industrial Oleaginoso, Desmotadores de Algodón y Afines de la República Argentina dobla con ímpetu por Santiago del Estero para reagruparse. Dos son los encargados de llevar las dos cajas de petardos, este otro de prenderlos y cuatro de mantener un ritmo con los instrumentos. Los compañeros bailan y bromean entre sí. De repente, la música cambia a “No nos han vencido”. Dos amigas de rulos con prendas muy delicadas agitan cantando desde la esquina. Después de cantar “A pesar de las bombas, de los fusilamientos”, una de ellas chilla entre risas:

- Los gorilas nunca van a tener esta mística.

El hombre de los anteojos negros es el único que tiene un temple de profundo desagrado y el único que ni cantó ni se movió al ritmo del gremio de los aceiteros. Tiene un corte extraño: muy informal para ser sargento u oficinista y muy serio para ser rockero. Llama con un gesto a una señora que cantó.

- ¿Tenés idea cuándo va a terminar esto? ¿A qué hora hablan? - con el agobio particular de quien quiere terminar una larga jornada laboral.

Por la dirección contraria, tratando de entrar a Avenida de Mayo por Santiago del Estero, entra una columna verde, que cubre de vereda a vereda. En un abrir y cerrar de ojos, el hombre de lentes ya no está. Levantó su pesada mochila y se dirigió a perderse en la columna.

El sonido de la marcha está teñido de garrón. Incluso en las arengas, hay una gran dosis de tristeza. Tampoco es una marcha visual: hay carteles, pero son pocos. La idea es pasar desapercibido, poder mezclarse en una multitud con rapidez “si algo pasa”. Todas las personas tienen puestas zapatillas, bien atadas. Se canta con las rodillas flexionadas, esperando la largada.

Un joven de treinta años camina solo con su bicicleta y una remera blanca, de algodón caluroso, que implora “Yo no lo voté”. En el canasto colgó un cartel con “precios de resistencia”. Sus ojos no tienen brillo. Con párpados caídos, mira como quien siente su futuro arrebatado.

La larga columna de ATE (Asociación de Trabajadores del Estado) llena de verde Avenida de Mayo. Entre la sombra de los árboles viejos y la resolana, la cúspide del Congreso de la Nación y las pecheras parecen unirse. Tres trabajadores miran hacia el Parlamento con tenacidad. Caminan en un abrazo firme. Delante de ellos: cuadras repletas, la bandera flameando alta en el mástil y el Congreso. La gente le reclama que se la juegue y se tiña de pueblo.