A horas del primer debate presidencial de cara a las elecciones generales del 22 de octubre, Milei, Bullrich y Massa recalibran sus discurso...

A horas del primer debate presidencial de cara a las elecciones generales del 22 de octubre, Milei, Bullrich y Massa recalibran sus discursos. ¿Qué significantes aparecen en los spots de Bullrich? El viejo latiguillo de “Orden y Progreso” de la Generación del 80’ vuelve a sonar y el kirchnerismo es construido como el “Otro” al que hay que destruir.

Por Ernesto Palmeiro

Fuente: ilustración de elaboración propia 








El lanzamiento del spot  “Si no es todo, es nada”, dio inicio a la campaña de Patricia Bullrich. El corto audiovisual comienza con la voz de la aspirante a presidenta enunciando  “no estamos viviendo en un país normal”. Una seguidilla de imágenes de Cristina y Máximo Kirchner, Sergio Massa, Juan Grabois, Hugo Moyano, Roberto Baradel y Julio De Vido, acompañan  las referencias del discurso al  narcotráfico, las mafias y la corrupción. Termina con el slogan “Bienvenida la fuerza que hace falta para ordenar el país. Bienvenida la fuerza del cambio”. Tras el golpe de realidad del escenario de tercios develado en las PASO, la estrategia comunicacional muestra cierta continuidad.
Si bien el eje de la campaña reside en la idea del cambio, el énfasis está puesto en la fuerza que se necesita para poner Orden. Sobre esta triada se estructura toda la narrativa y se construye significado. Cambio y Orden funcionan como términos intercambiables y  la Fuerza opera como un atributo exclusivo y excluyente para cumplir ese objetivo, en contraposición al “diálogo”, “consenso”, “acuerdo”, “negociación” (conceptos que aparecen en el enunciado de la candidata).
No hay nada nuevo en esta idea. Pero si comparamos la estrategia de los spots realizados para las PASO con los spots actuales de cara a las elecciones generales, hay una diferencia notable en el grado de confrontación. El título del vídeo de Bullrich ya señala el “reperfilamiento” de su campaña: “Los argentinos tenemos todo para ser un país ordenado. Te propongo terminar con el kirchnerismo”. Antes, el “kirchnerismo” no se nombraba explicitamente. Ahora, es el fantasma polémico predilecto, incluso cuando el candidato de Unión por la Patria no pueda definirse como “kirchnerista”.
Spot que lanzó Patricia Bullrich como comienzo de la campaña para las elecciones generales














El ajuste en la retórica de Bullrich parece ser una respuesta al escenario de tercios y su victoria sobre un Larreta con un discurso más moderado. La estrategia de Juntos por el Cambio busca la polarización con el kirchnerismo para confrontar con el adversario político de manera más directa. Esto sugiere que Bullrich preferiría enfrentar a Sergio Massa en una segunda vuelta, en vez de medirse contra Javier Milei.
Después de las PASO, el candidato de ultraderecha dijo: “Hemos logrado construir esta alternativa competitiva que no solo dará fin al kirchnerismo, sino que además dará fin a la casta política parasitaria, chorra e inútil que hunde a este país”. Si bien, primero nombra al “kirchnerismo” y luego a la “casta”, en la gran mayoría de los spots de la Libertad Avanza, no hay referencias explícitas al Kirchnerismo.
Por otro lado, Bullrich propone un "cambio estructural" y destaca la importancia de crear un ambiente estable y ordenado, siguiendo la premisa histórica de "Orden y Progreso" que acompañó la formación del Estado Nacional en el siglo XIX. Para Juntos por el Cambio, terminar con el Kirchnerismo parece ser una condición necesaria para alcanzar este orden y, por lo tanto, avanzar hacia el progreso.
En el último mes, la candidata de JxC ha realizado 36 tweets que mencionan al kirchnerismo. No hay día que Bullrich no piense en Cristina y en su movimiento político. La demonización a los “K” es de larga data y, también, es la continuidad histórica del odio anti-peronista. El debate se achata y los matices de la realidad desaparecen. La caracterización moral y arbitraria entre “buenos y malos” esconde que, en realidad, la discusión pasa por los intereses que se defienden, el proyecto de país y la vida concreta de les argentines.
El problema no radica en que un político polarice con su adversario, sino en cómo lo hace. Pero hay un movimiento peligroso en la retórica de Bullrich que ubica al kirchnerismo no como un actor político legítimo, que tiene (sin ir más lejos) representación parlamentaria, sino como lo Otro negativo, que debe ser eliminado. Es el pasaje del adversario político al enemigo. 

Una tarde de principios de año nuestra cronista observó el sur de la Ciudad de Buenos Aires. Constitución es un barrio bajo con destellos de...

Una tarde de principios de año nuestra cronista observó el sur de la Ciudad de Buenos Aires. Constitución es un barrio bajo con destellos de zona alta. Centro-periferia, la universidad y la calle, la tranquilidad y la vorágine.

Por Natalia Sivina

Fotografía: Martina Espinosa Wahnish

En el cruce de Avenida Independencia y de Avenida 9 de Julio, parte del límite norte del barrio Constitución, hay miles de papelitos blancos con letras negras que reclaman mejoras salariales. La Federación de Trabajadores de Industrias de la Alimentación pisa la avenida testigo de más manifestaciones que los documentos de historia. Su huella va calando por los canales secundarios, entra en los locales de comida al paso, en los hoteles familiares de Carlos Calvo, queda pegada en el zapato de un oficinista, se engancha en la rueda de un carrito de compras, se pega en los parabrisas de los autos. 

Una chica intenta leer uno de esos papelitos mientras cruza la anchura de la 9 de Julio, pues sus ojos encuentran uno a cada paso que da. Quiere leerlos pero está apurada por llegar a la Facultad de Ciencias Sociales y sólo el semáforo en verde la obliga a detenerse y tomar uno de los tantos volantes blancos. Quiere saber qué o quién hizo notar su paso dejando una capa blanca interminable. Tres semáforos adelante, esperando cruzar Avenida Independencia, otros dos chicos pisan los papelitos como alfombras. En un café, se escucha decir a uno de los mozos que no hay un día sin manifestación.

Al bajar del colectivo 84 sobre Combate de los Pozos y Carlos Calvo, se está a una cuadra del límite oeste del barrio. Aún es terreno sancristobalense y los papelitos blancos no se dejan ver. El recorrido por Carlos Calvo hasta Avenida Entre Ríos hace de introducción a un “barrio problemático”, como se escucha decir en otra parte a una estudiante que sale de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). La bicisenda que acompaña la calle se extiende hasta la 9 de Julio, y solo el tramo que llega al cruce con Virrey Cevallos fue remarcado con esa pintura amarilla brillante. Lo que sigue, está olvidado. 

Por Carlos Calvo únicamente pasa gente que conoce el barrio, que habita de alguna forma sus espacios: una facultad, un departamento, un comercio, un bar típico. En vez de tener papelitos, la calle está llena de hojas de árboles casi del mismo color de esa pintura brillante. Ellas, producto de la naturaleza, también indican el paso del tiempo, de una manifestación natural. Sin embargo, en los dos kilómetros cuadrados de la superficie barrial hay menos hojas que basura: botellas de vidrio y de plástico olvidadas, ropa, comida, envoltorios. Todo eso, en otro estado, está disperso en ambas Facultades: las botellas, en las heladeras de kioscos y mochilas de estudiantes; la ropa sobre cuerpos andantes; los envoltorios alrededor de la comida.

La marcha de Constitución expulsa y absorbe. Mareas de estudiantes salen del subte y van a las Facultades. Salen de las Facultades y van al subte. A lo lejos, se escucha una queja por la inseguridad del barrio, porque tiene gente muy distinta que “pide” e impide descansar. Pero para muchos la plaza es un refugio, un descanso del movimiento incesante de sus pies luego de años de trabajo en alguna fábrica o de horas de estar marchando en reclamo de un aumento salarial como justa remuneración.

Fotografía: Martina Espinosa Wahnish


La redacción de Un País como la Gente se reunió para escribir sobre su trayecto educativo. Esta nota es para les docentes que se esfuerzan c...

La redacción de Un País como la Gente se reunió para escribir sobre su trayecto educativo. Esta nota es para les docentes que se esfuerzan cada día y nos enseñan el temario y las herramientas para soñar un futuro que no sea tan temible.
Por Un País como la Gente


Recuerdo la primera vez que me puse a escribir, a escribir en serio, a plasmar lo que sentía y pensaba en un papel. Inevitablemente, no puedo dejar de pensar en mi profesor de comunicación diciéndome que le pareció interesante lo que había escrito para uno de sus trabajos. Tal vez me mentía, tal vez no. Puede que haya sido un truco para fomentarme a hacerlo con más entusiasmo la próxima. En cualquier caso, funcionó. Esas devoluciones fueron lo que me inspiró a seguir escribiendo, a encontrar algo con lo que conecté por primera vez en mi vida y que definió la proyección de mis sueños y mi vida futura. 
Leo nunca se quedaba solamente con la nota final, leía cada trabajo y de todos sacaba algo para destacar. Eso es lo que más valoré de su docencia; el interés por lo que decíamos y lo que pensábamos se lo notaba en la mirada, una mirada que pocos adultos en mi adolescencia me brindaron.
(Oriana C.)


En medio de Constitución, escucho un “¡Hola! Tanto tiempo…”. Y me volteo. Y recuerdo. 

Recuerdo la película Víctor de Aveyron y a Vigotsky; Atomic Cafe, Bert la tortuga y la Teoría de la Aguja hipodérmica; Shallow grave, la colorimetría y el fuera de campo. Mi primer corto y los festivales a los que lo mandé.

Recuerdo las discusiones sobre el cuerpo, la sexualidad, la Teoría de la performatividad del género de Butler; la visita a la Ex ESMA y la muestra de arte de conchas de neón; el proyecto final de 5to sobre la Ley de Talles; y que todo eso fue ESI. Que tuve ESI. 

También recuerdo el “hijos del rigor”.

Después de años, en un segundo, recuerdo todo lo que esa persona me enseñó y toda la ayuda que me dio. Sonrío y respondo “Hola, profe”. 

(Lourdes A.)


Vero no daba vueltas. Enseñaba cualquier tema con facilidad, y no tenía tapujos al momento de responder preguntas incómodas. Se puso sobre los hombros la enorme tarea -entonces en ese momento- de explicarnos el universo de la educación sexual integral en el Taller de Convivencia y Sexualidad, viernes de por medio durante sexto y séptimo grado. Antes había sido nuestra maestra de plástica, y también nos enseñaba matemáticas. Claramente había elegido formarse en muchos campos. Lo más importante fue que no solo nos hizo conocer y respetar al otrx, sino por sobre todo a nosotrxs mismxs. A conocer cómo funcionaba nuestro cuerpo y cuáles eran nuestras inquietudes e intereses, a reflexionar sobre temas importantísimos -desde los trastornos alimenticios hasta saber cómo decir "no"- y a pensarnos como seres independientes.

Si me preguntan qué hace a una gran maestra, yo digo: Vero.

(Natalia S.)


Creo que detrás de unx buenx docente hay siempre una buena persona: el amor por la enseñanza no es más que un amor dirigido hacia el Otro y que rebota hacia unx: vocación. A Mónica no le faltaba eso. Cuando yo tenía siete años, todas las mañanas mi papá me llevaba en bicicleta al colegio; en invierno me abrigaba con un poncho. Mónica, mi maestra de grado, vió esa escena diaria. En el aula me habló sobre ello: “¿Tu papá te trae siempre en bici?”, le dije que sí. Se ofreció a pasarme a buscar ella misma en su coche, junto a sus hijos que también iban al San Pío X. Me pidió el cuaderno de comunicados y redactó la nota para mis padres. Sin conocer mi historia y la situación familiar por la que pasábamos, Mónica estuvo ahí. Con su auto bordó pasaba por casa, tocaba bocina e íbamos a la escuela.

(Ernesto P.)


Siempre que me encuentro al Pelado sonrío y le grito “¡¡Ey!!”. Comienza un ir y venir de preguntas: que cómo andan tus hijas, que cómo va la facu y qué estás viendo, cómo está todo en la escuela… El Pelado tenía dos materias del último año, así que era el profe al que más veíamos. En una hora colgada, que tácitamente todes sabíamos que era de relleno, Ezequiel Díaz hacía magia: nos leía sobre imperialismo, los poemas de los militantes de nuestra edad desaparecides en la dictadura militar y hablaba con cada une. Para mitad de año, el profe nos conocía a todes y todes lo conocíamos a él: la lesión que le impidió ser futbolista y lo llevó para el campo de la Comunicación Social, cómo aprendió a comer aceitunas y su amor con su compañera, sus autores favoritos…

Aunque lo haya “traicionado” eligiendo la UBA por sobre la Universidad de La Plata, el Pelado es mi referente. Su taller era mucho más que teoría-práctica: incluso les compañeres más tímidos, les que hablaban sistemáticamente en susurros y les que decían que no tenían nada interesante para contar, escribieron algo y lo pudieron leer. El Pelado, que me hizo amar a Jorge Huergo, hacía magia: valoraba y habilitaba la palabra. 

(Natalia R.) 


Enseñarle física a un grupo de 42 adolescentes podría ser intimidante para cualquiera. Si lo era para Natalí, no lo demostraba. Recuerdo las primeras clases pensar "uh, esta es una jodida". Su presencia era de las pocas que lograba una escucha atenta. Había algo en su forma desafiante de dar clases que nos convocaba. Ese cuarto año fue difícil. Muchxs docentes renegaban del curso y todo el tiempo se nos recordaba que “éramos insoportables”. Natalí no se quedó conforme con esa postura de resignación. Para enseñarnos la Ley de Ohm, o las fuerzas que actúan sobre los objetos, primero le daba espacio a nuestras vivencias. Siempre el principio de la clase era charlado: sobre el fin de semana, las otras materias, las preocupaciones. Después, venían las fórmulas. "Empecemos por partes, como decía Jack el destripador", recuerdo que nos decía sonriente. Con insistencia nos explicaba y buscaba involucrarnos para que entendiéramos. En definitiva, como otres grandes profes que tuve, entendía la importancia de lo humano por sobre todo, y veía en esos espacios de intercambio una instancia más de aprendizaje.

(Candela C. S.)




En un taller sencillo de Florencio Varela, conurbano bonaerense, toma lugar un oficio milenario. Javier Meza es un luthier que transforma la...

En un taller sencillo de Florencio Varela, conurbano bonaerense, toma lugar un oficio milenario. Javier Meza es un luthier que transforma la madera en instrumentos con personalidad: para cada necesidad, Javier produce algo único. 

Por Natalia Rótolo 

Javier Meza en su taller haciendo la base de una guitarra eléctrica. Foto: Gabriel Salvá.


“Son pedazos de madera y, con eso, haces música”, dice Javier Meza apartando la vista por un segundo del plano y del fondo de una guitarra. Con los ojos iluminados, vuelve a mirarlos: “Es magia”.

Desde los 2000, Javier es luthier. El oficio milenario se asomó como respuesta a la crisis financiera y a la dificultad para comprar instrumentos. De todas formas, él tardó en acercarse a ese mundo. A los 20, era empleado en una panadería hasta que un día, refinando una masa, la máquina aplastó su mano. Por un tiempo no pudo trabajar ni continuar con su hobby. “Si no puedo tocar la guitarra, voy a hacer instrumentos”, determinó entonces. Su conexión con la música era innegociable. Así, se anotó en un curso de luthería en Bernal, localidad de Quilmes.

En el tiempo de hacer una guitarra, Javier hizo dos. Mientras su mano izquierda se recuperaba, empezó a notar que no iba a volver a tener la misma elasticidad. Por poca que sea la diferencia entre los trastes del mástil, los dedos tienen que estirarse para formar los acordes. Para tocar más cómodo, adaptó una guitarra, acortándole la escala.

Estaba encantado con el resultado de su primer trabajo. Pero apenas Johnny, un amigo músico, la escuchó sonar, quiso comprársela y lo apuró: “Si vos hiciste esta guitarra, podés hacerte otra mucho mejor después”. Desde entonces, nunca se queda tanto tiempo con los instrumentos que hace: si encuentra a alguien que la quiere, se la presta o se la vende. “Pasa una cosa muy loca: yo, que hago guitarras, muchas veces no tengo ninguna para mí”. En esos momentos, le pide prestada alguna a sus clientes, tan solidarios como él.

A los dos años de terminar el curso, su maestro luthier le pidió que lo reemplace dando clases y, un tiempo después, Javier abrió su propio taller. Tres mesas de trabajo, virutas de distintas maderas, amplificadores, fotos colgadas, un vitral y la radio sonando. Allí enseña, repara y hace violines, violas, guitarras eléctricas y semiacústicas. “Son instrumentos hechos en Florencio Varela. Y a mucha honra”, aclara. Con un tono amargo, cuenta que perdió posibles clientes y que tuvo que cobrar más barato por estar ubicado en este distrito.

En otra de las mesas de trabajo está Oscar, un jubilado que siempre estuvo interesado por la luthería y por los instrumentos de cuerda. Muestra con orgullo la madera recién lijada de la cabeza de una guitarra criolla, donde más tarde irán las clavijas. Había elegido usar la madera del ciruelo de su casa familiar, que tras 150 años se había secado. Además, le agregó una línea de ébano. La pieza brillaba incluso sin lustrar.

La primer guitarra que hizo se la regaló al nieto, que había empezado a tocar. Ahora le está construyendo una nueva con pedazos del árbol en el que jugó toda su infancia. En este proyecto están trabajando a la par con Javier. Va a ser la primera guitarra totalmente acústica que el maestro luthier haga. Miraron juntos un catálogo de una fábrica de insumos para luthería y modelos para pedir por internet. La elección de las clavijas generó debate: clásicas o verticales.

Oscar calcó con un molde la forma que quería que tenga la cabeza con un lápiz y una goma. Alejaba la madera y se fijaba cómo quedaba. “Así nos gusta trabajar a nosotros: poder estar en todo el proceso. Modificar hasta la dirección de las líneas”, explicó Javier. Pueden tener todo este cuidado en la creación porque, si bien en el taller cuentan con máquinas, la gran parte del proceso es manual. Hacer una guitarra les lleva, como mínimo, unas 200 horas de trabajo. Además, construyen algunas de sus herramientas: con una base más grande que el fondo de una guitarra común y unos cilindros de madera ajustables, Javier creó un sistema para darle la forma a las fajas, las láminas de los costados de la guitarra.

A la hora de hacer un instrumento a pedido, Javier entrevista a sus futuros clientes por sus necesidades sonoras, de uso y de disposición. Producido así, cada instrumento tiene una historia y un músico destinado.
Javier Meza trabajando en una guitarra acústica. Foto: Gabriel Salvá